Hola, soy David Castro, biólogo desde que tengo uso de razón, cuando mi padre —biólogo también— me ponía una muestra de agua estancada bajo el microscopio en su laboratorio para que no lo molestara mientras dictaba su clase en la UNSCH.
Ya desde el colegio estuve muy interesado en la ciencia, sobre todo la química y la biología. Las matemáticas las odié desde que entré a la secundaria. Primero quise ser forense ya que me fascinaban ver los programas como Detectives Médicos de Discovery Channel, donde los peritos lograban identificar al asesino con sólo una muestra de cabello, sangre, vello púbico, etc.
Cuando terminé el colegio estaba de moda la Ingeniería genética y la Biotecnología, se hablaba mucho por esos tiempos del secuenciamiento del genoma humano. Fue así que ingresé a biología en la Universidad Nacional Agraria La Molina, sin dudas la más bonita de todas, por sus grandes extensiones de áreas verdes, su jardín botánico y su campo ferial. Una universidad donde el edificio más alto tiene tan sólo tres pisos (reduciendo así la fatiga por tener que subir muchas gradas) y donde el aire fresco domina todos sus rincones, donde se hacían buenas fiestas cada fin de semana, que después pasaron a ser sólo fiestas de fin de ciclo.
Fueron cinco años, sufriendo con las matemáticas y los cálculos en los primeros años; y con la genética molecular y microbiología industrial en los últimos. Pasé por el Laboratorio de Biorremediación donde se fermentaba cualquier desecho que se encontrara por el camino (desde heces de vaca, luego exoesqueletos de camarones y finalmente la sanguaza de las industrias pesqueras). Fue una bonita experiencia aunque no muy grata para mis receptores olfatorios que se acostumbraron al delicioso aroma de la putrescina, cadaverina y otras "inas" más.
Luego, llegué al Centro de Investigación de Recursos Genéticos, Biotecnología y Bioseguridad (CIRGEBB), lugar donde pase tres largos años, empezando con la preparación de medios de cultivo, luego haciendo micropropagación de plantas y cultivo de tejidos vegetales, pasando por la transformación genética y detección de plantas transgénicas y terminando por hacer estudios filogenéticos en orquídeas, la cual fue mi tesis de grado.
Al salir de la universidad ingresé al programa de Maestría en Biología Molecular en la Universidad Decana de América, San Marcos. También postulé al programa semillero del Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN), al cual ingresé junto a nueve compañeros más (la mayoría físicos) y fui asignado a la Planta de Producción de Radioisótopos. Durante más de un año colaboré con los controles de calidad del Tc-99m, I-131, Sm-153 y Lu-177 y pasé la mayor parte del tiempo tratando de obtener un radiofármaco para el tratamiento de linfomas basado en un anticuerpo monoclonal (Anti-CD20) marcado con el Lu-177 (un radionúclido emisor de partículas beta).
Finalmente, tras resultados buenos, malos y finalmente buenos, contaminando radiactivamente varios mandiles y acumulando unos cuantos miliSieverts de dosis en el cuerpo —que espero no le pasen factura a mis gónadas— me embarqué en una nueva línea de investigación. Ahora formo parte del Laboratorio de Metaxénicas Bacterianas en el Instituto Nacional de Salud (INS), lugar donde ya había hecho mis prácticas pre-profesionales en el año 2009 en el laboratorio de Hepatitis y Enterovirus.
Por otro lado, desde el año 2007 he dividido mi carrera de biólogo y mi tiempo para dedicarme a la comunicación científica, escribiendo continuamente en este blog y colaborando con otros portales, buscando difundir de manera sencilla e interesante los últimos avances de la ciencia, algo que en mi país teníamos una grave carencia, pero que ahora, con mucha alegría digo, la realidad ya es otra. Es por esto que siento muy interesado en realizar estudios avanzados en Comunicación de la Ciencia y/o Periodismo Científico.
Me gusta escribir, me relaja, y creo que esta ha sido la clave para mantener actualizado prácticamente a diario este blog, ad honorem, por puro amor a la ciencia. También soy guitarrista amateur, pero sólo la toco porque canto peor que Niga.
Ya desde el colegio estuve muy interesado en la ciencia, sobre todo la química y la biología. Las matemáticas las odié desde que entré a la secundaria. Primero quise ser forense ya que me fascinaban ver los programas como Detectives Médicos de Discovery Channel, donde los peritos lograban identificar al asesino con sólo una muestra de cabello, sangre, vello púbico, etc.
Cuando terminé el colegio estaba de moda la Ingeniería genética y la Biotecnología, se hablaba mucho por esos tiempos del secuenciamiento del genoma humano. Fue así que ingresé a biología en la Universidad Nacional Agraria La Molina, sin dudas la más bonita de todas, por sus grandes extensiones de áreas verdes, su jardín botánico y su campo ferial. Una universidad donde el edificio más alto tiene tan sólo tres pisos (reduciendo así la fatiga por tener que subir muchas gradas) y donde el aire fresco domina todos sus rincones, donde se hacían buenas fiestas cada fin de semana, que después pasaron a ser sólo fiestas de fin de ciclo.
Fueron cinco años, sufriendo con las matemáticas y los cálculos en los primeros años; y con la genética molecular y microbiología industrial en los últimos. Pasé por el Laboratorio de Biorremediación donde se fermentaba cualquier desecho que se encontrara por el camino (desde heces de vaca, luego exoesqueletos de camarones y finalmente la sanguaza de las industrias pesqueras). Fue una bonita experiencia aunque no muy grata para mis receptores olfatorios que se acostumbraron al delicioso aroma de la putrescina, cadaverina y otras "inas" más.
Luego, llegué al Centro de Investigación de Recursos Genéticos, Biotecnología y Bioseguridad (CIRGEBB), lugar donde pase tres largos años, empezando con la preparación de medios de cultivo, luego haciendo micropropagación de plantas y cultivo de tejidos vegetales, pasando por la transformación genética y detección de plantas transgénicas y terminando por hacer estudios filogenéticos en orquídeas, la cual fue mi tesis de grado.
Al salir de la universidad ingresé al programa de Maestría en Biología Molecular en la Universidad Decana de América, San Marcos. También postulé al programa semillero del Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN), al cual ingresé junto a nueve compañeros más (la mayoría físicos) y fui asignado a la Planta de Producción de Radioisótopos. Durante más de un año colaboré con los controles de calidad del Tc-99m, I-131, Sm-153 y Lu-177 y pasé la mayor parte del tiempo tratando de obtener un radiofármaco para el tratamiento de linfomas basado en un anticuerpo monoclonal (Anti-CD20) marcado con el Lu-177 (un radionúclido emisor de partículas beta).
Finalmente, tras resultados buenos, malos y finalmente buenos, contaminando radiactivamente varios mandiles y acumulando unos cuantos miliSieverts de dosis en el cuerpo —que espero no le pasen factura a mis gónadas— me embarqué en una nueva línea de investigación. Ahora formo parte del Laboratorio de Metaxénicas Bacterianas en el Instituto Nacional de Salud (INS), lugar donde ya había hecho mis prácticas pre-profesionales en el año 2009 en el laboratorio de Hepatitis y Enterovirus.
Por otro lado, desde el año 2007 he dividido mi carrera de biólogo y mi tiempo para dedicarme a la comunicación científica, escribiendo continuamente en este blog y colaborando con otros portales, buscando difundir de manera sencilla e interesante los últimos avances de la ciencia, algo que en mi país teníamos una grave carencia, pero que ahora, con mucha alegría digo, la realidad ya es otra. Es por esto que siento muy interesado en realizar estudios avanzados en Comunicación de la Ciencia y/o Periodismo Científico.
Me gusta escribir, me relaja, y creo que esta ha sido la clave para mantener actualizado prácticamente a diario este blog, ad honorem, por puro amor a la ciencia. También soy guitarrista amateur, pero sólo la toco porque canto peor que Niga.


